COLABORADOR: RAFAEL LÓPEZ SÁNCHEZ |
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00/00/0000 La cueva de mi infancia |
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El Cabezo Gordo no deja de ser un pequeño monte de unos 350 metros de alto, y se le puede dar la vuelta en una o dos horas como mucho, pero para mí, en mi infancia era LA MONTAÑA. Subir hasta su cumbre fue una proeza. La cueva del Cabezo no deja de ser una pequeña cueva, además de ser artificial casi
toda. Pero para mí, en mi infancia fue como meterme en los abismos de la tierra. Todo ello ocurrió aproximadamente cuando tenía 14 años. Fue la ocurrencia de un amigo, el experto entre comillas, que nos habló maravillas de ella. Además decía que la conocía como la palma de su mano. Así que nos
armamos en valor y decidimos la panda un buen día adentrarnos en esa cueva. Al principio parecía divertido y todos muy seguros de nosotros mismos. Claro, que en cuanto empezó a desaparecer la luz del sol, y nuestras linternas apenas alumbraban lo que quisiéramos, empezamos a ponernos algo incómodos, pero viendo la seguridad del experto pues seguimos adentrándonos cada vez más y más, hasta que llegamos a una cámara con escalones que bajaban. Entonces nos dijo el guía; ¿veis el agua? Yo miraba y miraba pero no la veía, fui bajando poco a poco los escalones hasta que empecé a ver que mis pies se sumergieron en el agua, y una honda en movimiento me hizo ver que el agua lo inundaba todo. Estaba tan en calma, que lo único que se veía era el reflejo del techo, como si fuese un espejo el agua. El guía empezó a reírse contagiándonos a todos. Vimos que la cueva seguía aún más adentro y ya puestos y viendo el valor y experiencia de nuestro guía decidimos adentrarnos aún más. La cosa se complicó cuando tuvimos que empezar a arrastrarnos por una pequeña hendidura, la cual desembocaba por un entrante del techo de otra cámara, más profundo. Menos mal que a alguien se le ocurrió descolgar una soga gruesa con nudos, que servían de escalera, a groso modo. Una vez dentro de esa cámara empecé a sentir un calor muy húmedo y un olor especial. A partir de ahí empezaban a separarse pasillos. Y
decidimos ir por el que más bajaba. Al poco nos encontramos con otro "lago" para nosotros, que ahora de adulto no deja de ser una poza de agua. Me sorprendió, al igual que a todos que el guía, el experto, el que conocía la cueva como la palma de la mano, empezó a ponerse nervioso, porque decía que no conocía ese lago. Que era nuevo para él. Y con sus nervios también empezaron los míos. Aún así decidimos explorar aún más adentro. De repente un escalofrío recorrió mi cuerpo, al oír un extraño ruido que provenía del
interior. Alumbramos con las linternas y resultó ser una bandada de murciélagos revoloteando por toda la cueva. Habrían miles, no se, pero nunca había visto nada igual. Además el suelo parecía una alfombra al pisar.
Resultó ser los excrementos que durante muchísimos años los murciélagos se encargaron de tupir. Como valientes que éramos quisimos llegar hasta el final. Pero cada vez la cueva era más estrecha y baja. Y cada vez más calor. Teníamos que ir uno detrás de otro hasta que llegamos al final. Lo conseguimos. Éramos unos héroes. Ahora solo quedaba el regreso. También lleno de aventuras, porque el último, al estar agachados le dio en la retaguardia un murciélago que huía despavorido. Tal fue el impacto que le
dio que salió el primero sin necesidad de guía. Unos 20 años después decidí llevar a mis hijos y unos amigos de mis hijos. Les miraba las caras y veía la mía. También miraba los rincones que me vieron pasar miedo, alegrías y aventuras 20 años atrás. No solo es una cueva; es la cueva que me vio crecer en infinidad de veces que me adentre en ella. Y ahora es la cueva en la que mis hijos se adentran con otros amigos haciéndose los guías del grupo. Y ojalá sus hijos también se adentren y sientan esas sensaciones que se quedan grabadas para el resto de tu vida. Cuidemos esa cueva para que todos podamos pasar por ella.
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