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Ante la unidad de criterios, (obligada); ante la influencia de la Iglesia sobre la sociedad: ante la militarización de la vida cotidiana existente, y teniendo en cuenta que me refiero a los años 40/50 del siglo pasado, era muy fácil impartir la enseñanza enmarcada en un programa o sistema educativo unitario.
No representaba problema alguno el tener en el aula 20, 30 o 50 alumnos, porque aquello, al ser lentejas para todos, con el mínimo esfuerzo del Maestro, Profesor, enseñante en definitiva, representaba un tipo de enseñanza nada creativa, ya que la monotonía, aburrimiento y simpleza se imponía y al fin y al cabo, nada se enseñaba y nada se aprendía y la estimulación necesaria para despertar el ansia natural del niño de aprender, brillaba por su ausencia. Funcionaba el método memorístico (por calificarlo de alguna manera), el mismo que utiliza el loro repitiendo hasta la saciedad aquello que oía, o (en el caso del alumno), leía.
Como complemento, en casa, en la calle y en el ambiente se respiraba todo lo dicho. Así pues, aquí paz y allá gloria; sin problemas ni complicaciones, un día sucedía a otro, y nada cambiaba, no se ampliaban los contenidos, no se introducían materias nuevas. Los textos estaban tan pasados por la censura que quedaban descafeinados.
Al día de hoy nos encontramos con una sociedad abierta, diversa, competitiva en extremo, insolidaria en muchos casos y bastante indiferente lo cual alimenta el individualismo; un individualismo casi salvaje en ocasiones, que alienta una lucha feroz por alcanzar, unos, un puesto en la sociedad que les permita realizarse y otros que prefieren pasar de todo, no mojarse, no colaborar, cuando precisamente esa diversidad enriquece, no solamente la enseñanza, sino también la vida cotidiana y las posibilidades para cubrir las necesidades actuales y de futuro que la sociedad reclama. Ya casi nadie se conforma con las lentejas.
Si trasladamos esta situación al aula, a mi entender la aplicación de sistemas educativos generales, es de muy difícil aplicación. Cada alumno es diferente a los demás, tanto en intereses, gustos, deseos, posibilidades y capacidad, lo cual y de forma simplota, me hace pensar, que esa diversidad de alumnos requeriría casi, casi, un profesor para cada uno porque no habrá un sistema valido para todos.
¿Dónde esta el problema? ¿Dónde la solución? El problema se ha presentado de forma un poco exagerada. Veamos la solución. Para mi el trabajo debe venir hecho desde la familia, desde las guarderías, de la enseñanza primaria porque en esas edades, en esas fases es mas fácil inculcar al niñ@ una serie de principios que una vez asumidos y sobre todo comprendidos, facilitarían la continuidad en las fases de enseñanza siguientes, por haberse logrado una perfecta sintonía entre ellas, que permitirían la correcta orientación hacia la finalidad pretendida.
El Profesor, al tener que atender a todos sus alumnos y a la vez dedicarse en buena parte de su tiempo a enderezar a los, no se cuantos, alumnos que se distancian de los demás, tanto hacia adelante como hacia atrás da lugar a que no puedan ser atendidos con la misma intensidad todos. Si se intenta solucionar el problema creando clases especiales para unos y para otros, los conflictivos cada vez serán mas, porque situarlos en el pelotón de los torpes no resuelve nada.
Recuerdo aquella frase que un Maestro decía a unos padres: “Entregarme a vuestros hijos y decirme que deseáis haga con ellos”. El grado de influencia del Maestro es igual o superior que la de los padres.
Creese esa sintonía entre padres y educadores. Las materias serán lo de menos, en principio. El interés y la curiosidad del alumno, su capacidad de imitación y aprendizaje será ilimitada, y la demanda de materias se producirá automáticamente.
Esta es la reflexión de un viejo Maestro que en su día fue un avanzado, por cierto muy criticado.
Aun me cruzo con antiguos alumnos que me dicen,”joder, es que de la forma que tu enseñabas, se aprendía sin sentir” |